El sexto capítulo de Ombre di Ambizione nos lleva al corazón de la investigación, mientras la comisaria Lucia Marini y el inspector Carlo Conti se sumergen en las complejidades de un misterio cada vez más denso. Con la fórmula del polipropileno finalmente recuperada, descifrada en parte gracias a la colaboración de Enrico Sartori y el profesor Ferrari, surge un descubrimiento sorprendente: falta una parte esencial de la secuencia. Su ausencia, lejos de ser un error, sugiere una intención deliberada de ocultar el control total de la fórmula a un solo individuo o grupo.
Entre teorías e intuiciones, toma forma un nuevo recorrido que lleva a los protagonistas al castillo de Corenno Plinio, un lugar cargado de historia y misterio a orillas del lago de Como. Este antiguo edificio, con sus torres y murallas marcadas por el tiempo, no es sólo una reliquia medieval: se convierte en el centro de sospechas y leyendas, rodeado de un aura de secretismo.
La tensión aumenta cuando Marini se enfrenta a tres figuras clave de la comunidad local: el Dr. Branchini, un médico jubilado de Corenno Plinio; El mariscal Valenti, comandante del cuartel de Dervio; y el alcalde Albertini, el enigmático guardián de la dinámica del país. Cada uno, con sus matices, ofrece piezas de un rompecabezas fragmentado, hecho de movimientos furtivos al amanecer, actividades inusuales alrededor del castillo y una reticencia obstinada.
Los testimonios, sin embargo, dejan muchas preguntas abiertas: ¿quiénes son estas misteriosas figuras que deambulan por el castillo? ¿Qué secretos se esconden entre sus antiguos muros? Y lo más importante, ¿es el castillo realmente el santuario secreto de la organización conocida como los Guardianes de la Sombra?
Con cada paso, Marini y su equipo se acercan a una verdad que promete ser inquietante y llena de peligros. La atmósfera envolvente del capítulo, entre interrogatorios ambiguos, detalles históricos y sospechas crecientes, atrapa al lector y lo empuja a seguir a los protagonistas en el siguiente capítulo, donde el enfrentamiento con el castillo y sus secretos parece inevitable.
Ver todos los capítulos:
- Capítulo 1: El Robo
- Capítulo 2: Sombras y Sospechas
- Capítulo 3: Laberintos del Pasado
- Capítulo 4: El arresto
- Capítulo 5: Verdades ocultas
- Capítulo 6: El rompecabezas incompleto
- Capítulo 7: Misterios en Corenno Plinio
- Capítulo 8: Giros y sorpresas
- Capítulo 9: Patrullas Nocturnas
- Capítulo 10: Sombras y sangre bajo el castillo.
- Capítulo 11: La pista suiza
- Capítulo 12: La dura ley de las investigaciones
- Capítulo 13: Revelaciones en St. Moritz
- Capítulo 14: Conexiones ocultas
- Capítulo 15: Operaciones en la sombra
- Capítulo 16: Una tarde en Lambrate
- Capítulo 17: Renuncia
- Capítulo 18: El encuentro decisivo
- Capítulo 19: La Trampa
El Caso de la Fórmula de Polipropileno Perdida en Milán
por Marco Arezio
Relatos. Sombras de Ambición. Capítulo 6: El Rompecabezas Incompleto
En los laboratorios de MilanTech, la comisaria Lucia Marini observaba atentamente mientras Enrico Sartori y el profesor Ferrari trabajaban codo con codo, inmersos en el complicado procedimiento de descifrar la fórmula del polipropileno.
El ambiente estaba cargado de una expectación casi tangible; cada movimiento era preciso, cada mirada se concentraba en la pantalla de la computadora frente a ellos.
El silencio únicamente se veía interrumpido por el tecleo de los teclados y el ligero zumbido ocasional de las máquinas. Enrico Sartori y el profesor Ferrari estaban sentados uno al lado del otro, ante una gran pizarra llena de fórmulas químicas.
Ferrari: Enrico, ¿por dónde empezamos? Esta secuencia de datos es monumental.
Sartori: Concentrémonos primero en las secciones que reconocemos. La fórmula está encriptada, pero algunas partes deberían servirnos como un hilo de Ariadna.
Mientras revisaban los datos, la concentración se hacía casi palpable. De vez en cuando, Ferrari se detenía, señalando la pizarra.
Ferrari: Mira, esta parte de aquí. ¿No te resultan familiares estos compuestos?
Sartori: Sí, totalmente. Es una secuencia que desarrollé durante mis primeros experimentos. Si seguimos este camino, podríamos…
Su conversación técnica continuó, avanzando de un descubrimiento a otro, mientras empezaban a descifrar fragmentos de la fórmula. Pero, después de varias horas de trabajo, Sartori se detuvo en seco, con una expresión de desconcierto en el rostro.
Sartori: Espera, esto no tiene sentido. Falta esta parte de la secuencia… Es como si la hubieran extraído deliberadamente.
Ferrari, inclinando la cabeza para ver mejor el pergamino, asintió lentamente — Veo a qué te refieres. Pero, ¿por qué alguien se llevaría solo una parte? Si quisieran impedirnos reconstruirla, ¿por qué no destruirla toda?
Sartori: Eso es justo lo que me preocupa. Es como si… como si alguien quisiera ser el único en poseer la fórmula completa.
El profesor Ferrari, frunciendo el ceño con preocupación, se inclinó para examinar el asunto más de cerca.
—¿Cómo es posible? Pensaba que me habías dicho que solo tú conocías la existencia de este pergamino, Enrico.
Sartori, pálido, se pasó la mano por el pelo en señal de frustración.
—Eso creía… pero ahora —su voz tembló ligeramente— empiezo a preguntarme si me han estado siguiendo o espiando. ¿Por qué quitar solo una parte de la fórmula en lugar de robar directamente el pergamino?
Marini, que había seguido en silencio su trabajo, intervino:
—Podría significar que el ladrón quería asegurarse de ser el único en poseer la fórmula completa. Tal vez “El Custodio” (Il Custode) ya sabía dónde se encontraba la parte faltante y actuó para mantener un control exclusivo sobre ella.
La idea de que “Los Guardianes de la Sombra” (I Custodi dell’Ombra) les llevaran ventaja arrojaba una sombra aún más siniestra sobre la situación.
—Tenemos que descubrir dónde está la parte que falta de la fórmula —dijo Marini con tono decidido.
Sartori, todavía afectado por la revelación, asintió lentamente:
—Solo hay un lugar donde “El Custodio” habría podido esconder la secuencia sin despertar sospechas… un lugar que únicamente conoce el círculo interno de los Guardianes.
Marini se aproximó, con el interés reflejado en su rostro: ¿Y dónde sería, doctor Sartori?
—En el castillo de Corenno Plinio —respondió Sartori—. Un lugar que para nosotros era más un santuario de la ciencia que un simple refugio. Si hay alguna esperanza de encontrar la fórmula completa, está allí.
Sartori conocía la existencia del castillo de Corenno Plinio y su función como lugar de reunión de “Los Guardianes de la Sombra” gracias a su implicación, aunque a regañadientes, con la organización.
Durante los primeros días de su colaboración, lo invitaron a participar en una reunión en el castillo, presentada como una oportunidad para debatir el futuro de la ciencia y la tecnología con mentes afines.
Esa experiencia le había revelado la existencia y las intenciones más oscuras de los Guardianes, así como la importancia que estos atribuían a Corenno Plinio como su santuario secreto.
Decidida a no perder tiempo, Marini organizó de inmediato una expedición al castillo, armada con esta nueva información. Antes de partir, sin embargo, se percató de un pequeño papel que había caído al suelo junto al puesto de trabajo de Sartori.
Lo recogió y descubrió que era una nota manuscrita con una serie de coordenadas y la palabra “Corenno”. Se convenció de que podía ser la pista correcta.
La notita con las coordenadas de Corenno Plinio, descubierta por la comisaria Marini, era una pista dejada involuntariamente por uno de los miembros de los Guardianes.
En los días previos a la revelación de Sartori, “Los Guardianes de la Sombra” habían reforzado sus precauciones, temiendo que la colaboración de Sartori con la policía pudiera exponer su mejor secreto guardado.
Durante una de sus comunicaciones cifradas, decidieron revisar los protocolos de seguridad en torno al castillo, y uno de los miembros, con prisas, anotó las coordenadas en un papel a modo de recordatorio personal.
Aquel individuo, posteriormente identificado como intermediario entre Sartori y el resto de la organización, visitó el laboratorio para asegurarse de que Sartori cumplía las directrices de los Guardianes y, en esa ocasión, perdió el papel.
— Puede que esta sea la pista que necesitamos —murmuró Marini, mostrándosela a Conti.
El castillo de Corenno Plinio, escondido entre las brumas del tiempo en la orilla oriental del lago de Como, se erguía como un monolito silencioso, testigo de siglos de historia.
Según relatos de los lugareños, el castillo estaba envuelto en un aura de misterio y leyenda, un lugar al que pocos se atrevían a acercarse y aún menos a explorar.
Construido en la época medieval, con sus torres elevándose hacia el cielo y sus muros que parecían brotar directamente de la roca, el castillo había presenciado el paso de señores y campesinos, guerras y paz.
Ahora, en los años cincuenta, había encontrado una vocación nueva y mucho más sombría: la de ser el corazón de la organización secreta conocida como “Los Guardianes de la Sombra”.
El pueblo de Corenno Plinio, situado a los pies del castillo, era un pintoresco conjunto de casas de piedra y callejuelas empedradas, donde la vida transcurría con lentitud, inmutable al paso del tiempo.
En aquella época, el pueblo vivía principalmente de la pesca y de un tímido turismo, atraído por las hermosas vistas del lago y la sencilla hospitalidad de sus habitantes.
Las familias de Corenno Plinio, unidas por generaciones de mutuo conocimiento y lazos de parentesco, compartían alegrías y dificultades cotidianas, formando una comunidad unida y resiliente.
Sin embargo, a pesar de la aparente serenidad, la sombra del castillo se cernía sobre el pueblo. Mucho se susurraba por las noches, junto al fuego, acerca de luces extrañas que a veces brillaban tras los muros antiguos o de figuras encapuchadas que se movían en silencio por los senderos boscosos que conducían al castillo.
Para la mayoría de los habitantes, estas historias no eran más que viejas leyendas, pero para algunos constituían una advertencia para mantenerse alejados del castillo y de sus secretos.
Nadie en Corenno Plinio sabía la verdadera naturaleza del castillo como sede de “Los Guardianes de la Sombra”, ni de sus reuniones secretas en las que se decidía el destino de la ciencia lejos de los ojos del mundo.
La organización había elegido el castillo precisamente por su belleza aislada y por la tranquilidad que ofrecía el pueblo, un lugar donde poder operar sin interrupciones, ocultos por la niebla y el silencio.
Cuando la comisaria Lucia Marini y su equipo llegaron a Corenno Plinio, siguiendo las pistas dejadas por Sartori y la misteriosa notita, se toparon con el contraste entre la quietud del pueblo y la inquietante presencia del castillo.
Mientras comenzaban sus pesquisas, tratando de trenzar los hilos de una intriga que se extendía mucho más allá de los límites del lugar, comprendieron que el castillo de Corenno Plinio era mucho más que un simple punto de reunión de científicos de dudosa ética: era un enigma por resolver, el corazón de un misterio que podría cambiar para siempre la vida del pueblo y el devenir de la ciencia misma.
Para obtener información crucial acerca del castillo de Corenno Plinio y de los movimientos inusuales de personas que pudieran estar relacionadas con “Los Guardianes de la Sombra”, la comisaria Lucia Marini decidió hablar con tres figuras clave de la comunidad.
Su plan incluía una reunión con el doctor Francesco Branchini, médico voluntario, con el mariscal Marco Valenti, comandante de la estación de carabineros de Dervio —el pequeño pueblo vecino que tenía jurisdicción sobre Corenno Plinio— y, finalmente, con el alcalde de Corenno Plinio, el señor Giorgio Albertini.
Marini empezó su investigación entrevistando al doctor Branchini, a quien encontró en su casa, una encantadora vivienda con vistas al lago, situada al final de la escalera que bajaba desde la plaza de la iglesia hasta la orilla.
El doctor Branchini, un médico originario de Pavía jubilado a orillas del lago, dedicaba su tiempo a la comunidad ofreciendo servicios médicos de manera gratuita. Era conocido y apreciado por todos por su generosidad y por su pasión por la pesca y la vida en el lago.
Marini: Buenos días, doctor Branchini. Soy la comisaria Lucia Marini. Espero no interrumpirlo.
Branchini: Comisaria Marini, bienvenida a Corenno Plinio. Es raro ver a la policía por aquí, sobre todo en visita de cortesía. ¿En qué puedo ayudarla?
Marini: Estoy investigando algunos sucesos recientes relacionados con el castillo cercano. Tenemos motivos para creer que podría haber habido una actividad inusual. ¿Ha notado algo extraño, tal vez personas forasteras o comportamientos sospechosos?
Branchini: Ah, el castillo. Un lugar fascinante, aunque siempre envuelto en un halo de misterio. He de decir que, en mi tranquila rutina de jubilado, paso la mayor parte del tiempo entre la pesca, mi pequeña barca de remos y el cuidado de mi casa.
No obstante, es cierto que últimamente he visto algunas caras nuevas, personas que no parecían turistas ni interesadas en la belleza de nuestro lago.
Marini: ¿Podría decirme algo más sobre esas personas? Cualquier detalle podría ser importante.
Branchini: Por supuesto, comisaria. Algunos de estos individuos tenían pinta de querer pasar desapercibidos, sin conseguirlo del todo.
A menudo los veía al amanecer, cuando salgo con la barca a pescar un rato. Se dirigían hacia el castillo, pero no parecían disfrutar del entorno ni del silencio matinal, como suele hacer la mayoría de la gente que viene por aquí.
Marini: Interesante, doctor Branchini. Su testimonio podría resultarnos de gran ayuda. Le agradezco su colaboración.
Branchini: Es lo mínimo que puedo hacer por nuestro tranquilo pueblo. Si tiene más preguntas o si puedo ayudarla de otra forma, no dude en decírmelo, comisaria.
Tras agradecer al doctor Branchini por la valiosa información y por su hospitalidad, Marini se dispuso a continuar su investigación con el mariscal Marco Valenti, de la estación de carabineros de Dervio, y con el alcalde Giorgio Albertini, con la esperanza de encajar las piezas del rompecabezas y descubrir qué sucedía realmente en el misterioso castillo de Corenno Plinio.
El mariscal Marco Valenti era la figura de referencia en la estación de carabineros de Dervio, una pequeña localidad al borde del lago de Como.
Con una larga e intachable carrera a sus espaldas, Valenti era conocido por su forma de abordar la ley de manera equilibrada, mezclando firmeza y humanidad, lo que le había valido el respeto tanto de sus compañeros como de la comunidad local.
Además de su dedicación al deber, Valenti era un hombre de gran corazón, profundamente arraigado en la vida del pueblo, participando activamente en su día a día y ofreciendo con frecuencia una mano amiga a quien lo necesitara.
La comisaria Lucia Marini, junto con su ayudante, llegó a la estación de carabineros de Dervio al caer la tarde. Fueron recibidos por el propio mariscal Valenti, un hombre de estatura media, con el cabello empezando a encanecer y una mirada que transmitía a la vez autoridad y amabilidad.
Marini: Buenas tardes, mariscal Valenti. Soy la comisaria Lucia Marini, y este es mi ayudante. Venimos de la jefatura de policía de Milán para hablar de un asunto de particular importancia.
Valenti: Comisaria Marini, bienvenidos a Dervio. Es un placer conocerles. ¿En qué puedo ayudarles?
Marini: Estamos aquí por una investigación relacionada con el castillo de Corenno Plinio. Creemos que podría haber alguna actividad sospechosa, tal vez ligada a un grupo llamado “Los Guardianes de la Sombra”.
Nos interesa vigilar los movimientos en la zona los próximos días y nos preguntábamos si podrían colaborar con patrullas adicionales.
Valenti asintió, escuchando con atención las palabras de la comisaria.
Valenti: El castillo de Corenno Plinio, ¿eh? Sí, es una construcción que siempre ha despertado curiosidad, incluso entre nosotros los de aquí. En cuanto a su petición, estaremos encantados de colaborar. La seguridad de nuestros ciudadanos y la protección de nuestro patrimonio son prioridades absolutas.
Marini: Agradecemos mucho su disposición, mariscal. Además de esas patrullas, nos serviría saber si ha notado últimamente algún movimiento inusual o gente desconocida en los alrededores del castillo.
Valenti: Hasta ahora la zona ha estado tranquila, pero siempre mantenemos los ojos abiertos. Ahora que me han informado, aumentaremos la vigilancia y les mantendremos al tanto de cualquier novedad.
Continuando la conversación, la comisaria Lucia Marini planteó otra pregunta al mariscal Marco Valenti, buscando profundizar en las posibles actividades sospechosas relacionadas con el castillo de Corenno Plinio.
Marini: Mariscal, en sus años de servicio aquí en Dervio, ¿ha notado algo sospechoso relativo al castillo? Y, por casualidad, ¿existe alguna zona dentro o cerca del castillo que parezca habitada o utilizada recientemente?
Valenti guardó silencio unos instantes, recapacitando sobre sus experiencias pasadas y lo que había observado a lo largo de los años.
Valenti: Comisaria, el castillo siempre ha tenido un aura de misterio, como sabe. A lo largo de los años, hemos recibido varios informes de actividad sospechosa, pero nada que hayamos podido confirmar de manera concluyente.
La mayoría de las veces, resultaron ser alarmas falsas o curiosos atraídos por las leyendas del castillo.
Hizo una pausa, pensando en la segunda parte de la pregunta.
Valenti: En cuanto a una zona habitada, el castillo es amplio y está lleno de viejos recovecos. Algunas partes están derrumbadas o son inaccesibles.
Aun así, en ocasiones hemos encontrado indicios que apuntaban a una presencia humana reciente. Nada definitivo, claro, pero sí campamentos temporales o fogatas apagadas no hacía mucho. Nunca nada que indicara una presencia estable o permanente.
Marini: Interesante, mariscal. ¿Ha podido vincular esas huellas de presencia humana a alguien o a algo en concreto?
Valenti: Lamentablemente no, comisaria. La naturaleza aislada del castillo y la facilidad para ocultarse tras sus muros siempre han hecho difícil rastrear a quien decida utilizarlo para… bueno, para lo que sea. Sin embargo, ahora que me ha puesto sobre aviso de su investigación, prestaremos especial atención a esos detalles.
Marini: Le agradezco mucho, mariscal. Cada pieza de información podría ser el fragmento que nos falta. Su colaboración es valiosa.
Valenti: Para eso estamos, comisaria. Y si surgen novedades o encontramos algo de peso, serán los primeros en saberlo.
Al concluir su conversación, Marini sintió que estaba un paso más cerca de desentrañar los misterios del castillo de Corenno Plinio.
La mención de señales de presencia humana reciente dentro del castillo añadía un grado más de urgencia a su investigación, impulsando su determinación de descubrir la verdad oculta tras esos muros antiguos.
Se despidieron con un apretón de manos, y Marini y Valenti confirmaron su cooperación, marcando el inicio de una operación conjunta encaminada a revelar los secretos que se escondían tras las viejas murallas del castillo de Corenno Plinio.
Para Marini, el encuentro con Valenti no solo reforzaba sus esperanzas de resolver el caso, sino que también ponía de relieve la fuerza de la comunidad y el valor de unir esfuerzos por un objetivo común.
El ayuntamiento de Corenno Plinio se encontraba en el centro del pequeño pueblo, en una antigua construcción de piedra que se alzaba majestuosa sobre la plaza principal, testigo silencioso de las generaciones que habían pasado a lo largo de los años.
El edificio, que databa del siglo XVII, conservaba todavía la elegancia de su arquitectura original, con sus arcos de piedra cuidadosamente labrados y las ventanas con arcos que daban a las estrechas callejuelas empedradas del pueblo y a las aguas centelleantes del lago de Como.
La fachada estaba cubierta de hiedra, que trepaba hasta el tejado de tejas rojas, dando al edificio una apariencia casi encantada, como salida directamente de un cuento de hadas.
Un pequeño reloj, situado en el centro de la fachada sobre la entrada principal, marcaba inexorablemente el tiempo que fluía con lentitud en Corenno Plinio, recordando a sus habitantes la importancia de la historia y las tradiciones.
La oficina del alcalde, situada en la primera planta, era accesible a través de una escalera de piedra, también antigua, que crujía bajo el peso de los pasos.
Este espacio, aunque funcional como cualquier oficina moderna, conservaba el encanto de otro tiempo, con muebles de madera oscura que parecían haber estado allí desde siempre, librerías repletas de volúmenes polvorientos que relataban la historia del pueblo y sus alrededores, y una gran chimenea de piedra que ocupaba toda una pared, testigo silencioso de incontables inviernos.
El escritorio del alcalde, una pieza maciza de carpintería artesanal, dominaba la estancia, colocado ante una de las grandes ventanas que ofrecían unas vistas sobrecogedoras del lago.
Encima del escritorio, entre documentos y carpetas, destacaba un antiguo tintero de latón, junto a una pluma de oca que parecía esperar el momento de escribir el siguiente capítulo de la historia de Corenno Plinio.
A pesar de que la oficina estaba provista de todas las herramientas necesarias para la administración moderna —máquinas de escribir y archivadores de metal— se percibía una sensación de respeto por el pasado, como si el alcalde Giorgio Albertini hubiera querido tender un puente entre las épocas, uniendo la sabiduría de antaño con la visión de futuro.
Este lugar no era solo un espacio de trabajo, sino un símbolo de la identidad de Corenno Plinio, un refugio donde meditar las decisiones que darían forma al destino del pueblo y de sus habitantes.
El alcalde Giorgio Albertini, un hombre de mediana edad con un semblante astuto y una mirada escrutadora, era conocido por su habilidad para desenvolverse en las complejas dinámicas políticas y sociales de Corenno Plinio. Sin embargo, su destreza para mantener un cierto nivel de ambigüedad en sus respuestas lo convertía en una figura enigmática a ojos de muchos.
Cuando el alcalde entró en la oficina, la comisaria Lucia Marini se levantó, extendiendo la mano en señal de saludo. Albertini, un hombre de aspecto cuidado, con un ligero matiz de canas a ambos lados de la cabeza, le devolvió el gesto con una sonrisa cordial pero medida.
Marini: Buenos días, señor alcalde. Soy la comisaria Lucia Marini, de la jefatura de Milán. Le agradezco que me haya concedido este encuentro.
Albertini: El gusto es mío, comisaria. ¿En qué puedo ayudarla?
Marini: Iré al grano, señor alcalde. Estoy aquí en Corenno Plinio por un asunto que atañe a la seguridad del pueblo y, potencialmente, de la zona que lo rodea.
Sin entrar en detalles de nuestras pesquisas, puedo decirle que hemos recibido informes de actividades sospechosas que podrían tener consecuencias significativas.
Albertini, escuchando con atención, asintió lentamente, si bien mantuvo una expresión neutra.
Albertini: Entiendo. ¿Y de qué forma cree que puedo ayudarla, comisaria?
Marini: Dada su posición y el conocimiento que tiene tanto del pueblo como de sus habitantes, cualquier información sobre movimientos inusuales o personas desconocidas que haya visto recientemente podría ser de gran ayuda.
Además, quisiéramos saber si el castillo de Corenno Plinio se ha utilizado para reuniones o eventos últimamente.
El alcalde se tomó un momento para reflexionar antes de responder, evidentemente sopesando sus palabras.
Albertini: Corenno Plinio es, como sabe, un lugar tranquilo, y tratamos de preservar esa paz. Sin embargo, comprendo la gravedad de lo que me explica y le agradezco que no haya difundido detalles que pudieran alarmar a la población innecesariamente.
En cuanto al castillo, no me consta que se haya utilizado para eventos recientes. Se trata, en su mayor parte, de un sitio de interés histórico al que acuden de vez en cuando turistas y estudiosos.
Marini, al escuchar la respuesta del alcalde, no pudo dejar de percibir cierto velo de reticencia en sus palabras. Su experiencia le indicaba que, en casos como este, las omisiones podían ser tan reveladoras como la información transmitida.
Con renovada determinación, la comisaria Lucia Marini decidió presionar un poco más al alcalde Giorgio Albertini, en busca de detalles más concretos.
Marini: Señor alcalde, permítame ser más directa. Me han informado de que usted reside en una zona del pueblo desde la que se tiene una vista privilegiada del castillo.
Me sorprende que, a pesar de esa posición ventajosa, no haya visto nada fuera de lo común, sobre todo considerando que algunos de sus conciudadanos han reportado movimientos sospechosos al amanecer.
El alcalde Albertini pareció sorprendido por un instante ante la observación directa de Marini, y una sombra de duda cruzó su rostro antes de responder.
Albertini: Comisaria, mi vivienda, aunque goce de unas vistas del castillo, no me hace omnisciente. Las jornadas del alcalde, como podrá imaginar, empiezan muy temprano y acaban tarde, y mi atención se centra naturalmente en el bienestar del pueblo y de sus habitantes.
Marini: Entiendo las responsabilidades que recaen sobre usted, señor alcalde, pero estamos hablando de informes de actividades sospechosas en un lugar con tanta historia y misterio como el castillo de Corenno Plinio, actividades que podrían tener implicaciones mucho más amplias para la seguridad pública.
¿De verdad es posible que hayan pasado totalmente inadvertidas para usted?
Albertini pareció reflexionar un momento antes de responder, eligiendo cuidadosamente sus palabras.
Albertini: Comisaria Marini, mi prioridad es y será siempre la seguridad y el bienestar de Corenno Plinio y sus habitantes. Sin embargo, debo admitir que lo que me cuenta me provoca cierta preocupación.
Meditaré sobre lo que me ha dicho y, si llegan a surgir informaciones que puedan ayudar en su investigación, le aseguro que no dudaré en contactarla.
Marini: Le agradezco su colaboración, señor alcalde. Confío en que podamos contar con su apoyo constante mientras avanzamos con nuestras pesquisas.
Albertini: Naturalmente, comisaria. La seguridad de mis conciudadanos es mi principal objetivo. No dude en consultarme si hubiera algo más en lo que pueda ayudar.
Al concluir su entrevista, Marini no pudo evitar una sensación de insatisfacción. Aunque Albertini mostró finalmente cierta disposición, su respuesta seguía envuelta en ambigüedad, dejándola con más preguntas que respuestas.
Decidida a desentrañar la verdad oculta tras los muros del castillo de Corenno Plinio, Marini sabía que su labor estaba lejos de acabar. El camino hacia la verdad se anunciaba largo y tortuoso, pero estaba resuelta a recorrerlo hasta el final.
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