-¿Cuál es la inversión de la lucha de clases en el contexto actual?
- Del conflicto social vertical a la guerra económica asimétrica
- Cómo la tecnología ayuda a controlar a las clases dominantes
- El papel de la economía colaborativa en la fragmentación del trabajo
- Fiscalidad y desigualdades: la lucha de clases en los presupuestos públicos
- Paraísos fiscales y lobby: herramientas del poder económico global
- La narrativa cultural como arma en la lucha de clases invertida
- Estrategias para reconocer y contrarrestar el nuevo conflicto social
Reflexionar sobre cómo se ha revertido el conflicto social en la era del neoliberalismo, con las clases dominantes al ataque y estrategias sutiles para consolidar las desigualdades económicas, tecnológicas y culturales
por Marco Arezio
En el pensamiento marxista clásico, la lucha de clases es el motor de la historia. Obreros contra patrones, proletariado contra burguesía: un enfrentamiento cuya raíz es la desigualdad estructural de los medios de producción.
Sin embargo, en una era marcada por la financiarización de la economía, la digitalización de las relaciones laborales y la crisis del bienestar, el paradigma se ha distorsionado, a veces invertido. Hoy hablamos de la inversión de la lucha de clases, un concepto que implica una inversión dramática de roles y estrategias: ya no son los subalternos los que luchan por la igualdad, sino las élites las que luchan por mantener y ampliar sus privilegios. Este artículo explora la génesis, la dinámica y las implicaciones de esta reversión.
Del conflicto vertical a la guerra asimétrica
En la visión tradicional, la lucha de clases se configura como un conflicto vertical: de abajo hacia arriba. Los trabajadores, explotados y marginados, exigen derechos, salarios, seguridad y dignidad, organizándose a menudo en sindicatos o movimientos políticos. Hoy en día, ese eje vertical se ha inclinado, si no invertido por completo.
El historiador Thomas Piketty ha demostrado cómo, en los últimos cuarenta años, la distribución de la riqueza ha vuelto a los niveles de la Belle Époque, con el 1% de la población mundial poseyendo más de la mitad de la riqueza mundial. Pero lo más inquietante no es tanto la acumulación como la estrategia. Las clases dominantes ya no esperan pasivamente las reivindicaciones: las impiden, las desactivan, las criminalizan. Invierten en tecnologías de lobby, narración de historias y vigilancia para eliminar de raíz cualquier forma de disidencia.
No es casualidad que Noam Chomsky haya definido el neoliberalismo como una “contrarrevolución desde arriba”: un proceso mediante el cual las restricciones del capital se eliminan progresivamente, mientras que las del trabajo se multiplican. Se trata, por tanto, de una lucha de clases invertida, en la que quienes detentan el poder luchan para debilitar a quienes no lo tienen.
Tecnología, trabajo y nuevas formas de control
En el mundo del trabajo, la inversión de la lucha de clases se manifiesta en formas cada vez más sutiles. La economía colaborativa, por ejemplo, ha transformado al trabajador de un sujeto colectivo a un individuo atomizado . El conductor de una plataforma de reparto no tiene colegas, sino competidores. El algoritmo se convierte en su jefe, su evaluación, su fuente de ansiedad.
Este modelo disuelve la idea misma de clase, fragmenta el cuerpo social y desactiva la solidaridad. El trabajador fordista podría hacer huelga, la cuenta de la plataforma solo puede cerrar sesión. Esto también es un efecto de la inversión: la clase dominante ha aprendido a impedir la organización, a aislar, a impulsar la autoexplotación bajo el disfraz de la “libertad de elegir”.
Paralelamente, las tecnologías digitales –desde las redes sociales hasta la geolocalización– no sólo recopilan datos, sino que también construyen narrativas.
Las plataformas no son neutrales: recompensan al influenciador que repite valores dominantes, silencian o marginan la voz crítica. El control ya no es sólo económico, sino cognitivo, basado en valores y emocional.Finanzas e impuestos: la lucha de clases en los presupuestos públicos
La reversión también se observa en los mecanismos fiscales. Hoy el conflicto de clases se libra en las profundidades de las reformas fiscales, en los paraísos fiscales, en las privatizaciones. Mientras que el ciudadano medio está sujeto a estrictos controles, el gran capital se mueve fácilmente entre regulaciones complacientes e intersticios legales.
Según el economista Gabriel Zucman, el 10% más rico evade legalmente (y a menudo ilegalmente) miles de millones de dólares cada año. No se trata sólo de un problema de justicia fiscal, sino de una estrategia política: quitarle recursos al Estado de bienestar significa dejar sin recursos a las instituciones públicas, haciéndolas ineficientes y justificando así su privatización. Una vez más, una guerra desde arriba, fríamente planificada y apoyada por una retórica meritocrática que legitima toda desigualdad.
Cultura y narración: cuando se niega el conflicto
Una de las características más sutiles de la inversión es su invisibilidad. El poder hoy no se demuestra a través de la fuerza, sino a través del consentimiento. No impone, sino que seduce. Los valores dominantes —competitividad, crecimiento, éxito individual— son internalizados, celebrados y reproducidos incluso por las clases subalternas.
En este contexto, hablar de “lucha de clases” parece anacrónico, casi vulgar. Sin embargo, como escribió Warren Buffett , uno de los hombres más ricos del mundo: «La lucha de clases existe, sin duda. Pero es mi clase la que la está ganando». Una frase que resume la esencia del cambio: no es el proletariado el que está en revuelta, sino la burguesía la que está a la ofensiva.
La cultura, los medios de comunicación e incluso la educación contribuyen a esta narrativa. Las desigualdades se describen como “fracasos personales” y la pobreza como “falta de espíritu emprendedor”. Así, quienes sufren las consecuencias del sistema también se convierten en sus defensores involuntarios.
Conclusión: De la conciencia a la resistencia
La reversión de la lucha de clases no es un destino ineludible. Es una construcción histórica, social, cultural. Comprenderlo es el primer paso para contrarrestarlo. Recuperar el lenguaje del conflicto, reconocer la naturaleza estructural de las desigualdades, reorganizar la solidaridad colectiva son actos de resistencia.
Hoy más que nunca, la lucha no es entre ricos y pobres, sino entre quienes quieren un mundo basado en la dignidad y quienes defienden un orden basado en la desigualdad. El conflicto está ahí, aunque esté camuflado, invertido, manipulado. De nosotros depende sacarlo a la luz, con claridad y determinación.
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