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EL SECRETO DE CORENNO PLINIO. CAPÍTULO 5: EL COMIENZO DE LA INVESTIGACIÓN

Slow Life
rMIX: Il Portale del Riciclo nell'Economia Circolare - El secreto de Corenno Plinio. Capítulo 5: El comienzo de la investigación
Resumen

En el quinto capítulo, la tranquilidad de Corenno Plinio se ve perturbada por una atmósfera de creciente tensión. Lisa y Andrea, impactadas por el reciente descubrimiento en el muelle, perciben un cambio en el pueblo: las miradas furtivas de los aldeanos y los susurros entre las calles empedradas alimentan el misterio. Cuando el mariscal Colleoni entra en escena, la investigación toma un giro decisivo.

Un mapa antiguo, un documento desaparecido y una víctima no identificada se entrelazan en un rompecabezas que parece tener sus raíces en el pasado. Mientras el peligro se acerca, una sombra los observa desde las sombras, dejando rastros inquietantes. Lisa y Andrea tendrán que decidir si permanecer como espectadores o sumergirse en la búsqueda de la verdad, arriesgándose a revelar un secreto enterrado durante siglos.

Los capítulos de la historia

- Capítulo 1: Un sueño compartido

- Capítulo 2: Un nuevo comienzo

- Capítulo 3: Una decisión común

- Capítulo 4: El regreso forzado

- Capítulo 5: El inicio de la investigación

Amor y Coraje en el Burgo de Corenno Plinio, entre Misterios y Conspiraciones


de Marco Arezio

Relatos. El Secreto de Corenno Plinio. Capítulo 5: El Inicio de la Investigación


El destello del alba sobre el Lago de Como les recordaba a Lisa y Andrea las primeras horas felices de cada nuevo día en Corenno Plinio, pero aquella mañana el aire estaba cargado de tensión. Tras su precipitado regreso desde las colinas piamontesas y el trágico hallazgo de un hombre sin vida en el muelle, habían tratado de poner en orden sus propias sensaciones. Sin embargo, como había surgido la noche anterior gracias a Enrico, el “enemigo”—fuera quien fuese—parecía ya pisándoles los talones.

Dentro de la casa de piedra, donde solían resonar risas y momentos de complicidad, reinaba un silencio inusual. Lisa, sentada ante la mesa del salón, envolvía con sus dedos fríos una taza de café ya tibio. Sobre la superficie de la mesa había cuadernos, fotocopias y libros de historia local: todo lo que había logrado reunir con la esperanza de encontrar una pista que conectara al hombre asesinado, el misterioso mapa y los orígenes del burgo.

Andrea (colocando una mano sobre el hombro de Lisa): “¿Has dormido al menos unas horas?”

Lisa (negando levemente con la cabeza): “No mucho. Sigue viniéndome a la mente la voz de Enrico, su agitación. Me pregunto si descubrió algo aún más inquietante durante la huida.”

Las primeras luces del día se filtraban a través de las persianas verdes, las mismas que antes habían acogido cada amanecer con dulzura; ahora parecían revelar un mundo distinto, como si el burgo hubiera perdido su inocencia. Lisa evocó el capítulo más sereno de su vida: la llegada a Corenno Plinio, el jardín con los rosales y los paseos junto al lago que inauguraban sus días libres. Incluso los relatos que ambos se habían intercambiado sobre sus respectivas familias bergamascas rezumaban calidez y afecto, pero ahora esa calidez parecía desvanecida ante la presencia de un asesino sin rostro.

Fue Andrea quien propuso salir a hacer unas compras de primera necesidad, aunque la sola idea de encontrarse con las miradas inquisidoras de los habitantes lo incomodaba. El pequeño mercado en la plaza principal cobraba vida a pesar de los rumores cada vez más insistentes sobre lo ocurrido cerca del puerto.

Mientras atravesaban las callejuelas empedradas, Lisa notó que los saludos habitualmente cordiales se habían vuelto más fríos o incluso inexistentes. Algunos conocidos bajaban la mirada, como temiendo verse involucrados en preguntas. Otros murmuraban palabras a media voz, absortos en conjeturas.

Alessio, el camarero que habían conocido semanas atrás, los vio pasar y se inclinó sobre el mostrador del local que daba a la calle:

“¡Lisa, Andrea! ¿Todo bien? Me enteré de que su regreso fue un tanto agitado.”

Lisa (asintiendo, intentando sonreír): “Sí… un gran revuelo. Por ahora estamos bien, aunque hay mucha confusión.”

Alessio adoptó un semblante preocupado: “Si necesitan algo, saben dónde encontrarme. Mejor no salir demasiado tarde por la noche… uno nunca sabe.”

Aunque amables, las palabras del camarero parecían encerrar una advertencia. El burgo, antes refugio de serenidad, ahora se vestía de desconfianza. Al girar la esquina para llegar a un pequeño puesto de frutas y verduras, Andrea apretó la mano de Lisa, consciente de que el temor no era solo de ellos.

De vuelta en casa con una bolsa de duraznos y algunas hortalizas, decidieron dedicar la jornada a un examen más exhaustivo de lo que Lisa había archivado en los últimos meses. El pergamino enmarcado sobre la chimenea—el mismo que mencionaba los antiguos acontecimientos del burgo, desde la época de Plinio el Viejo hasta las familias que habían dominado la zona—fue su primer punto de partida. Lisa conocía su contenido de memoria, pero esta vez lo miraba con ojos distintos. La certeza de que el hombre asesinado hubiera llegado allí a causa de un documento similar volvía todo más tenso.

Lisa (posando la mirada en el pergamino): “No creo que esto sea la clave del misterio… Es un texto bastante genérico, pero quizá haya conexiones con otros registros de la época. Recuerdo que, en mis estudios, aparecían referencias a mapas dibujados para orientar el comercio en el lago. Podrían ser manuscritos del siglo XVI o algo así.”

Andrea (hojeando cuidadosamente una carpeta antigua): “¿Podría ser algo oculto en las historias de la familia Visconti, o quizá en las agitaciones de la época napoleónica? Me comentaste que Giuseppe Garibaldi había dejado algún testimonio en el burgo.”

Lisa frunció el ceño: si existía un mapa, podría tratarse de pasadizos secretos, rutas militares o lugares subterráneos. No se descartaba que alguien codiciara un tesoro o un secreto político. Por primera vez, comprendió que sus estudios y su pasión por el arte y la historia local la colocaban en una situación delicada.

Por la tarde, mientras el sol acariciaba los muros de piedra y hacía brillar el lago, llamaron insistentemente a la puerta. Andrea fue a abrir, esperando quizá a un vecino o a alguien que los buscara por curiosidad. En cambio, encontró a un carabinero vestido de civil que, con tono firme, pidió hablar con Lisa.

Carabinero (con mirada atenta): “Soy el mariscal Colleoni, colega del carabinero que encontraron al descubrir el cadáver. La investigación requiere de su colaboración. Me enteré de que alguien los contactó. Quiero que me cuenten todo.”

Lisa (mirando de reojo a Andrea): “Claro, adelante. Pero ya le dije lo que sé… la llamada telefónica, el hospital.”

El mariscal asintió, entrando con paso decidido en la sala. Se sentó en una silla de madera, lanzando una rápida ojeada a la chimenea, a los libros esparcidos y al pergamino enmarcado. Tenía un rostro anguloso, surcado por finas arrugas, y una forma de actuar que delataba cierta premura.

El mariscal Francesco Colleoni era un hombre forjado por la experiencia y la disciplina. Nacido y criado en Bérgamo, siempre había nutrido un profundo respeto por la justicia, valor que le transmitió su padre, también miembro del Arma de Carabineros.

Desde muy joven, Francesco demostró una notable capacidad de observación y un innato sentido del deber, cualidades que lo empujaron a emprender una carrera militar. Tras asistir a la Escuela de Suboficiales, fue asignado a varias estaciones en Lombardía, donde afinó su intuición investigativa y su determinación para resolver los casos más complejos.

A lo largo de los años, Colleoni se distinguió por su dedicación y su habilidad para manejar situaciones de alta tensión. Su experiencia lo llevó a operar en unidades especializadas en la lucha contra el crimen organizado y el tráfico ilícito de bienes culturales, campo en el que desarrolló un amplio conocimiento de la historia y el arte italianos. Ese interés lo convirtió en un experto en detectar falsificaciones e identificar vínculos entre el mundo académico y el mercado negro.

Después de años de servicio en las grandes ciudades, aceptó un traslado a una pequeña comisaría situada a orillas del Lago de Como, a pocos kilómetros de Corenno Plinio. Aparentemente un destino tranquilo, pero la realidad resultó muy distinta. El burgo, con su historia milenaria y sus antiguas leyendas, ocultaba secretos que pondrían a prueba su astucia investigadora.

Colleoni era un hombre de carácter reservado, conocido por su mirada penetrante y su voz firme, rasgos que lo convertían en una figura tan respetada como temida. Le apasionaba su trabajo, pero no estaba exento de dudas y tormentos. Su larga carrera lo había vuelto escéptico, siempre atento a los detalles y poco proclive a conceder confianza sin pruebas concretas. Sin embargo, tras esa coraza de rigidez se escondía un hombre profundamente humano, con una férrea voluntad de proteger a los ciudadanos y de descubrir la verdad, fuese cual fuese.

Su aparición en el caso que involucraba a Lisa y Andrea no fue casual. La muerte misteriosa en el muelle, el fragmento de un mapa y los rumores sobre documentos antiguos perdidos a lo largo de los siglos captaron de inmediato su atención.

Sabía que, tras las apariencias, se ocultaba algo más grande que un simple ataque o un robo sin importancia. Y también era consciente de que el tiempo no estaba de su parte. Con su libreta siempre al alcance y la mente en constante actividad, el mariscal Colleoni estaba dispuesto a seguir cada pista, decidido a desentrañar el misterio que se cernía sobre Corenno Plinio.

Lisa y Andrea le contaron, de forma concisa, lo que Enrico les había explicado en el hospital: el mapa, el fragmento desaparecido, la advertencia sobre la presencia de un enemigo. El mariscal los escuchó, tomando notas en una libreta de cuero. Luego los miró con una expresión que oscilaba entre el escepticismo y la preocupación.

Mariscal Colleoni: “La víctima aún no ha sido identificada, pero hay indicios de que podría ser un investigador independiente, de esos que buscan documentos antiguos. No hay señales de robo ni de agresión común. Es como si alguien quisiera evitar que revelara algo…”

En ese instante, un ruido provino del jardín trasero: un leve crujido entre los arbustos, tal vez pasos ligeros. El mariscal reaccionó de inmediato, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la puerta que daba al exterior. Andrea lo siguió, mientras Lisa contenía la respiración. Pero afuera, nadie. Solo una maceta volcada, con geranios esparcidos por el suelo.

Andrea (en voz baja): “Podría ser un gato o un animal salvaje… ¿Y si en realidad fuera alguien espiándonos?”

El mariscal observó los alrededores, con el rostro imperturbable: “Fuera lo que fuese, ha desaparecido. Mantengan los ojos abiertos. Mientras tanto, si Enrico reaparece, avisen de inmediato a la comisaría. Y usted, señora Lisa, no haga nada imprudente. Parece que alguien necesita sus estudios, pero podría ponerla en peligro.”

Después de la partida de Colleoni, Lisa se sintió invadida por el deseo de aclarar de una vez por todas aquello que la inquietaba. Sentía la presencia de sombras más grandes de lo que jamás habría imaginado. No era solo cuestión de curiosidad académica; se trataba de hacer justicia para el hombre asesinado y, sobre todo, de preservar la paz de Corenno Plinio.

Lisa (con una mirada resuelta): “Tenemos que localizar a Enrico como sea. Quizá descubramos a través de él más detalles sobre el mapa antes de que lo haga alguien más.”

Andrea (preocupado): “El mariscal nos advirtió. Si Enrico tiene razón, puede que nos estén vigilando.”

Lisa: “Lo sé, pero quedarnos aquí esperando no es una opción. Tengo contactos entre estudiosos de arte e historiadores locales. Tal vez alguien recuerde a un chico que buscaba mapas antiguos. Podríamos averiguar quién era K.L., el seudónimo del hombre muerto.”

No era la primera vez que tomaban decisiones atrevidas. Incluso cuando se mudaron junto al lago, tuvieron que afrontar desafíos e incertidumbres. Pero esta vez, la apuesta era mucho mayor que cualquier problema cotidiano.

Al caer la noche, vestida de tonalidades púrpura y dorado que se reflejaban en el agua serena, Lisa y Andrea, impulsados por una inquietud incontenible, decidieron salir una vez más y caminar por el paseo que bordeaba el lago. A esa hora, las barcas de los pescadores descansaban en calma, y apenas alguna figura dispersa rondaba los muelles en penumbra. Más atrás, las escalinatas de piedra subían y bajaban entre las casas oscuras, como si ocultasen secretos milenarios.

Al límite de la orilla, divisaron a una joven llamada Rosalinda, a la que apenas conocían de vista: solía ayudar a su abuelo a descargar el pescado en las primeras horas de la mañana. Intrigados por su presencia a una hora tan inusual, se acercaron a ella.

Andrea (amable): “Hola, Rosalinda, ¿todo bien? Te vemos aquí sola…”

Rosalinda (tiritando un poco, la mirada baja): “No podía quedarme en casa, demasiados pensamientos. Supe que encontraron a ese pobre hombre sin vida justo aquí. El lago es el mismo, pero parece otro lugar ahora.”

Lisa captó el temor en la mirada de la muchacha. Comprendió que no era la única afectada por esos acontecimientos. Tras un breve intercambio de palabras, Rosalinda se despidió, alejándose con pasos rápidos. Cuando desapareció entre los callejones, Lisa percibió un sonido de agua, tal vez de un remo o de un pequeño motor a lo lejos. Pero no había ninguna barca visible a esa hora. Se giró, segura de haber visto una sombra, y apenas distinguió un leve movimiento detrás de un muro.

Lisa (en voz baja, acercándose a Andrea): “Nos siguen, de eso estoy segura.”

Andrea (tomándole el brazo): “Volvamos a casa. Será mejor estar a salvo, al menos por esta noche.”

Ya en su hogar, encontraron un papel deslizado bajo la puerta. Era una hoja arrugada, con unas pocas palabras escritas a bolígrafo:

“No confíen en nadie. Quien buscaba ese mapa ha dejado huellas también fuera del pueblo. Enrico ha regresado. Sálvenlo antes de que lo encuentre el enemigo.”

Lisa lo leyó en voz baja, intercambiando con Andrea una mirada llena de aprensión. ¿Quién habría dejado ese mensaje? ¿Y qué significaba que Enrico “había regresado”? Él no tenía residencia fija en Corenno Plinio, no figuraba en el registro del pueblo. Sin embargo, quizá se ocultara en algún rincón remoto del burgo, perseguido por alguien mucho más peligroso.

Andrea (apretando la mandíbula): “Si de verdad está aquí, tenemos que encontrarlo. Y averiguar qué secretos guardaba la víctima sobre Corenno Plinio.”

Lisa (observando el papel con manos temblorosas): “No me resulta desconocida esta letra, pero no sé adjudicarla a nadie en concreto. Sin duda, alguien nos está ayudando desde las sombras.”

La noche se presentaba larga y cargada de tensión. Su pequeño nido de amor, hasta entonces refugio de serenidad y proyectos compartidos, se había convertido en un lugar repleto de preguntas sin respuesta y miedos que iban en aumento.

Antes de acostarse, Lisa puso en orden los documentos como pudo y acarició con la mirada el viejo pergamino colgado sobre la chimenea. Recordó el primer día que lo vio en un mercadillo de Menaggio y cómo lo compró para dar un toque histórico a la casa. ¿Quién hubiera dicho que precisamente la historia, con sus verdades ocultas, se convertiría en el centro de un peligro tan real?

Andrea (recogiendo el papel del suelo): “Mañana al amanecer contactaré a mis colegas de Bellano. Quiero saber si Enrico se ha presentado de nuevo en el hospital o si alguien más lo ha visto.”

Lisa (asintiendo, con la mirada fija en la ventana que dejaba entrever el lago oscuro): “Y yo intentaré ponerme en contacto con algunos archivistas con los que he trabajado. Quiero saber si realmente existe ese mapa del siglo XVI o si solo es un mito.”

Se retiraron a la habitación, conscientes de que las horas de descanso serían pocas y agitadas. Fuera, el lago permanecía en silencio, inmóvil como un espejo negro. Abrazados, se dijeron sin palabras que la única forma de proteger sus vidas era enfrentarse a la verdad escondida entre las piedras de Corenno Plinio.

En un burgo que eligieron por su magia y su encanto pacífico, ahora flotaba una sombra dispuesta a arrebatarle la tranquilidad. El misterio del mapa, las pistas sobre secretos enterrados durante siglos, el peligro que amenazaba a Enrico y a los dos protagonistas eran piezas de un rompecabezas inconcluso. Lisa y Andrea, más unidos que nunca, se preparaban para afrontar cualquier revelación que surgiera en las horas y días siguientes.

Con la convicción de que nada volvería a ser igual, la noche descendió sobre Corenno Plinio, envolviéndolo en un silencio irreal, casi como la calma que precede a una tormenta inminente. Y en el corazón de Lisa y Andrea, una mezcla de miedo y determinación resonaba como el aleteo de un ave, esperando el próximo suceso que estremecería su existencia hasta sus cimientos…

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