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EL SECRETO DE CORENNO PLINIO. CAPÍTULO 4: EL REGRESO FORZADO

Slow Life
rMIX: Il Portale del Riciclo nell'Economia Circolare - El secreto de Corenno Plinio. Capítulo 4: El regreso forzado
Resumen

Historias. El secreto de Corenno Plinio.

Lisa y Andrea disfrutan de unos días de paz en una casa rústica inmersa en las colinas del Piamonte, pero una serie de llamadas telefónicas anónimas interrumpen bruscamente su tranquilidad. Una voz desconocida, llena de ansiedad, les implora que regresen inmediatamente a su pueblo natal, Corenno Plinio. El viaje de regreso está lleno de tensión y al llegar encuentran un pueblo inmerso en una atmósfera oscura y silenciosa. Un misterioso descubrimiento conmociona a la comunidad y las llamadas recibidas parecen estar vinculadas a algo oscuro. ¿Pero quién buscaba desesperadamente a Lisa? Y sobre todo ¿qué secreto se esconde entre las antiguas piedras del pueblo? Un enigma inquietante toma forma, y lo que parecía una simple advertencia podría resultar el comienzo de algo mucho más peligroso.

- Capítulo 1: Un sueño compartido

- Capítulo 2: Un nuevo comienzo

- Capítulo 3: Una decisión común

- Capítulo 4: El regreso forzado

- Capítulo 5: El Inicio de la Investigación

Amor y Coraje en el Pueblo de Corenno Plinio, entre Misterios y Conspiraciones


por Marco Arezio

Relatos. El Secreto de Corenno Plinio. Capítulo 4: El Regreso Forzado


La luz del atardecer descendía como un telón dorado sobre los viñedos piamonteses. Desde hacía un par de días, Lisa y Andrea habían alquilado una rústica casa de piedra encaramada en las colinas, un refugio de paz para recargar energías tras meses de intenso trabajo. El pórtico, envuelto en sarmientos de vid y plantas trepadoras, ofrecía una vista espectacular del valle salpicado de caseríos, mientras que en el interior, el mobiliario sencillo pero acogedor —mesas de madera maciza, viejos aparadores y cestos de mimbre— envolvía los sentidos con un encanto rural de otros tiempos.

Sin embargo, justo cuando alcanzaban el máximo relax, algo empezó a erosionar aquella atmósfera suspendida. Todo comenzó con una primera llamada anónima, cuando Lisa, cómodamente sentada en una mecedora en el pórtico, fue distraída por su teléfono móvil:

Lisa (llevando el aparato a su oreja): “¿Diga?”

(Silencio. Solo un lejano roce, como de viento soplando dentro de un cable.)

Al otro lado, ningún saludo, ninguna señal reconocible. Quizá un suspiro ahogado y, enseguida, la comunicación se cortó. Lisa pensó que era un error de línea. Pero la reiteración de esas llamadas perturbaba la tranquilidad como un insecto molesto.

Esa misma noche, mientras Andrea se afanaba en la cocina preparando una sopa de verduras, llegó la segunda llamada:

Lisa: “¿Sí?”

Voz desconocida (jadeando suavemente): “Señora Lisa… debo advertirla… Vuelva a casa. Ahora.”

Lisa (sobresaltándose): “¿Quién habla? ¿Qué está pasando?”

Silencio; luego un débil murmullo que parecía un gemido, y la línea se interrumpió de nuevo.

Lisa abrió mucho los ojos, presa de una sensación de peligro. Andrea se acercó, secándose las manos en el delantal de cocina. Con dulzura, le preguntó quién era, pero ella no tenía la menor idea. Y justo cuando la noche parecía concluir en un abrazo reconfortante bajo las sábanas, la tercera llamada, en lo más profundo de la oscuridad, quebró los últimos vestigios de paz:

Voz desconocida (en un susurro agitado): “Regresen… no hay tiempo… se los ruego…”

El corazón de Lisa comenzó a latir desbocado. Aquella voz descompuesta, empapada de miedo, transmitía la misma urgencia de quien intenta desesperadamente salvar a alguien de una catástrofe. Andrea encendió la lámpara de la mesita de noche, con los ojos llenos de preocupación. Estaba claro que, fuese quien fuese el remitente de esos mensajes angustiados, pretendía alertarlos de un peligro inminente en su pueblo natal.

Al amanecer, con un cielo todavía envuelto en neblina grisácea, decidieron interrumpir sus vacaciones. Recogieron a toda prisa la ropa que quedaba sobre las camas de hierro forjado, las tazas esparcidas por los estantes de la cocina y los libros que Lisa había llevado para relajarse. Un rápido adiós al propietario —un hombre delgado y cordial, con el rostro tostado por el sol— y partieron en coche.

El camino de regreso era una sucesión de curvas entre las laderas, oscurecido aún más por un viento ligero que doblaba las hileras de cipreses. Lisa, que había permanecido casi todo el tiempo en silencio, evocaba en su mente esas llamadas inquietantes; se preguntaba quién o qué estaría en peligro en su casa. Andrea, concentrado en la conducción, mantenía los labios apretados, pero de vez en cuando le dirigía una mirada de aprensión.

Cuando finalmente se acercaron a su pueblo de Corenno Plinio, un antiguo villorrio de apenas unos cientos de almas a orillas del lago, el panorama los recibió con una atmósfera distinta de lo habitual. No se veían las ropas tendidas en las ventanas, ni los perros ladrando alegres en los patios. Las viejas casas de piedra, con contraventanas en tonos pastel, parecían sumidas en un silencio irreal. El agua del lago, normalmente tranquila y brillante, se agitaba a causa de un viento inesperado, como si se rebelara contra algo desconocido.

Avanzando a pie, notaron un grupo de personas reunidas junto al pequeño muelle donde amarraban las barcas de los pescadores. Una larga franja de cinta blanca y roja acordonaba un área, mientras dos Carabinieri intentaban contener a los curiosos. Los rostros de los lugareños estaban turbados; algunos mostraban consternación o murmuraban en voz baja con sus vecinos.

Andrea: “¿Qué demonios ha pasado aquí?”

Lisa (con un nudo en la garganta): “Las llamadas telefónicas… quizá era esto de lo que querían advertirme. Algo terrible…”

Se acercaron con paso vacilante. Un carabinero alto, de pelo entrecano, los reconoció: Andrea había colaborado con él en el pasado en algunas emergencias sanitarias. Bajó un poco la voz:

Carabinero: “Buenas tardes, doctor. Lamento que se encuentren con este caos. Se ha hallado un cadáver aquí detrás de las barcas, parece forastero. No lleva documentación, nadie lo conoce. Les pedimos que no se acerquen: debemos respetar la escena para la investigación.”

A Lisa se le heló la sangre. Un homicidio —porque de eso hablaban en el pueblo— era un hecho estremecedor en su diminuta comunidad, donde todos se conocían y se ayudaban, y donde las jornadas transcurrían al ritmo de las pequeñas rutinas. Y ahora, alguien había muerto. ¿Sería de eso de lo que habían querido avisarla?

Decidieron regresar a casa. Su vivienda de piedra se hallaba en un patio interior: se accedía bajando tres escalones enmarcados por macetas de geranios y hortensias. En las paredes, el gris de la roca contrastaba con las contraventanas verdes y las enredaderas que ascendían hasta el tejado. Por lo general, aquel rincón les llenaba el corazón de alegría. Pero aquel día, cada detalle parecía teñido de una sombra amenazadora.

Nada más entrar, el olor a cerrado los golpeó como una advertencia. El silencio era casi palpable. Dejaron caer el equipaje en la entrada y se intercambiaron una mirada: fuera, todavía se escuchaba un rumor distante, voces confusas, el murmullo excitado de quienes comentaban el crimen.

Lisa: “No lo entiendo. ¿Por qué esas llamadas estaban dirigidas a mí? ¿Qué tengo yo que ver con ese hombre que encontraron muerto?”

Andrea (tratando de tranquilizarla): “Quizá buscaba ayuda y sabía que te interesan los documentos históricos, el arte… o tal vez solo se equivocó de número. Sea lo que sea, es inquietante.”

Aquella noche, cenaron rápidamente sin apreciar verdaderamente los sabores: un plato de pasta tibia y algo de fruta, en un clima de angustia muda. Fuera, a través de la ventana de la cocina, el lago se extendía plano, oscurecido por un manto de nubes que ocultaban las estrellas. Lisa encendió una lámpara en la sala, donde colgaba en la pared un pergamino antiguo enmarcado, testigo de una pasión que siempre la había impulsado a estudiar la historia del pueblo. Era un recuerdo de tiempos más serenos, cuando nada parecía amenazar su existencia.

Ya entrada la noche, cuando iban a apagar las luces, el celular de Lisa empezó a vibrar con insistencia. Esta vez, el número en pantalla era visible, un prefijo local desconocido. Lisa vaciló unos segundos antes de responder, temiendo otra llamada muda u otra advertencia perdida entre interferencias. Al otro lado, se oyó una voz joven, temblorosa:

“¿Hola… soy… me llamo Enrico.

¿Están bien? Yo… necesito hablar con ustedes. Es urgente. He tratado de llamar varias veces, pero… la línea fallaba. Ahora estoy herido, voy de camino a urgencias en Bellano.”

Lisa (abriendo los ojos desmesuradamente): “¿Necesitas ayuda? ¿Qué sucede? ¿Tú eres quien nos avisó de que volviéramos?”

Enrico (jadeando): “Sí, señora Lisa… Es por el hombre al que han encontrado muerto. Lo vi morir. Me pidió que los buscara. Pronunció su nombre…”

El teléfono empezó a crepitar, como si la conexión fuera precaria. Lisa solo alcanzó a oír unas pocas palabras apresuradas: una cita, un fragmento de papel, un secreto. Luego la voz de Enrico se desvaneció, dejando un silencio aún más opresivo.

No necesitaron mucho para decidir qué hacer: Andrea tomó inmediatamente las llaves del coche y, en menos de veinte minutos, ambos circulaban ya por la carretera que bordeaba el lago rumbo a Bellano. La calzada se iluminaba con los reflejos de las farolas sobre el agua, mientras la brisa nocturna agitaba las ramas de los árboles que se extendían desde la cuneta. Lisa, rígida en el asiento del copiloto, sostenía el móvil entre las manos, como temiendo que volviera a sonar en cualquier momento.

Al llegar al pequeño hospital, encontraron a Enrico en el pasillo de urgencias, sentado en un banco metálico. Era un muchacho de unos treinta años, el cabello castaño, corto y revuelto, el rostro marcado por la tensión. Una venda improvisada cubría su antebrazo izquierdo, manchada aún con sangre fresca.

Andrea (con tono de médico tranquilizador): “Déjame ver esa herida, Enrico. ¿Te has hecho un corte grave?”

Enrico (mirando alrededor con preocupación): “Sí, me atacaron mientras huía. Pero no es eso lo importante. Yo… encontré al hombre… seguía vivo, solo repetía ‘avisar a Lisa’ y que… que un enemigo lo perseguía. Me metió en la mano un trozo de papel, un recorte de un mapa antiguo, creo. Ya no lo tengo, lo perdí mientras escapaba.”

A Lisa se le heló el corazón. Esas palabras —“avisar a Lisa”— resonaban en su cabeza. ¿Qué motivo tenía un desconocido para pronunciar su nombre en los últimos instantes de vida? Enrico continuó hablando, con la mirada febril:

Enrico: “Lo conocí a través de un foro online donde se hablaba de historia local. Decía que había descubierto algo muy importante, pero que estaba en peligro. Pensó que ustedes, Lisa y Andrea, podrían ayudarlo a encajar las piezas. No sé más, lo siento… La noche en que nos vimos, solo alcancé a oír sus últimas palabras. Luego huí. Alguien me persiguió, me hizo esto.”

Fue un relato que los dejó a ambos sin aliento. Andrea trató de mantenerse sereno, hizo que pasaran a Enrico a una sala de exploración para darle los primeros auxilios y le recomendó hacerse más pruebas. Pero la mente de Lisa revolvía ya aquellas inquietantes llamadas telefónicas. Ahora, por fin, tenían un nombre y un rostro tras esas campanadas angustiadas. Y también la confirmación de que un misterio mucho mayor —y más peligroso— se ocultaba entre las piedras centenarias del pueblo.

Cuando, ya de madrugada, salieron del hospital, el aire estaba frío y cortante. Las luces de las farolas proyectaban sombras deformadas en la acera. Mientras volvían a subir al coche, Lisa no podía librarse de un sentimiento de culpa e incertidumbre:

Lisa: “¿Por qué ese hombre nos llamó precisamente a nosotros? ¿Qué podía saber de tan crucial? ¿Y quién es ese ‘enemigo’ del que hablaba?”

Andrea (golpeteando nerviosamente el volante con los dedos): “No lo sé, pero ya ha matado una vez. Y si Enrico dice la verdad, es probable que esté buscando algo valioso: un documento, un secreto histórico… que quizá puedas interpretar tú. ¿Recuerdas todas tus investigaciones sobre la historia antigua de Corenno Plinio?”

Lisa (la mirada llena de angustia): “Claro… Pero nunca imaginé que alguien pudiera matar por viejos papeles polvorientos… y sobre todo, ¿por qué pronunciar mi nombre en su lecho de muerte? Tal vez sabía que estudio los documentos locales y esperaba que lo ayudara a esclarecer lo que había descubierto.”

El camino de regreso a casa transcurrió envuelto en silencio, solo roto por el ronroneo del motor y los pensamientos inquietos que ocupaban la mente de ambos. Al pasar junto a las barcas amarradas, ya sumidas en sombras, vieron a lo lejos las luces intermitentes de las fuerzas del orden aún presentes. Un escalofrío recorrió la espalda de Lisa al imaginar que, en algún lugar de aquella oscuridad, el asesino podía estar merodeando.

Una vez en casa, el olor familiar de las paredes de piedra no consiguió disipar la ansiedad. Apagaron la luz de la entrada y se sentaron en la sala, uno al lado del otro, frente al pergamino enmarcado. A los ojos de Lisa, aquel documento antiguo que relataba la historia del pueblo parecía ahora distinto: ¿era posible que entre esas líneas escritas, o en otros manuscritos que conocía, se ocultara un secreto capaz de atraer a gente sin escrúpulos?

Con todo, un pensamiento se abría paso: aquel hombre desconocido había perdido la vida, alcanzando apenas a lanzar una súplica desesperada dirigida a ella. No podía desentenderse. Si un secreto había permanecido oculto durante siglos entre aquellas piedras y documentos, Lisa sentía la obligación de descubrirlo. Andrea le tomó la mano, intentando infundirle algo de coraje.

Andrea: “Tenemos que contárselo todo a los Carabinieri. La verdad podría salir a la luz antes, y además no somos detectives. No podemos arriesgarnos solos.”

Lisa (inclinando la cabeza con un suspiro): “Tienes razón… Pero, siendo honesta, temo que los carabinieri, solos, no entiendan la importancia de los documentos. Tal vez necesiten mi experiencia. Buscaré entre los papeles que he reunido, mis apuntes, la biblioteca… Quiero ver si hay alguna referencia a mapas similares al que guardaba ese hombre.”

Las palabras quedaron en el aire, mientras el tictac de un viejo reloj de péndulo marcaba los segundos que faltaban para el nuevo día. Ambos sabían que, fuese cual fuese la verdad, ya habían desencadenado un mecanismo peligroso: un asesino seguía suelto, alguien dispuesto a todo por proteger u obtener un enigma que Lisa, tal vez, había rozado de forma inconsciente en el transcurso de sus estudios.

No pegaron ojo en esa última hora antes del amanecer. Con el cansancio pesándoles en los párpados y la tensión alterándoles los nervios, se aferraron el uno al otro en un silencio cargado de preguntas. A través de las rendijas de las persianas se filtraron los primeros destellos matutinos, prometiendo un día que no traería paz, sino nuevas pruebas que afrontar y, tal vez, nuevos golpes de efecto.

Quedaba la certeza de que aquellas llamadas anónimas, aquellas palabras ahogadas entre ruidos de línea, no habían sido un error: alguien, con la voz cargada de angustia, había suplicado de verdad que Lisa regresara. Y ahora sabían que aquella llamada era una señal de alarma funesta, una invitación a desvelar una intriga cuya magnitud aún ignoraban.

Así concluyó aquella noche inquieta, con el corazón henchido de temores pero también con un hilo de determinación a no huir: en adelante, sus vidas ya no volverían a ser las mismas. Y el pueblo de Corenno Plinio, tan querido y reconfortante apenas unas horas antes, se había transformado en un laberinto de verdades por descubrir y peligros ocultos en la sombra.

© Prohibida la Reproducción

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