En el capítulo 8, Elena abandona el Hospital Faccanoni tras una primera e impactante conversación con el Dr. Morandi. La atmósfera de suspense y ansiedad que la acompaña parece impregnar cada gesto: desde el solitario paseo hasta el Hotel Montisola, entre el paisaje del lago Iseo y los aromas del atardecer, hasta su llegada a su habitación, donde busca refugio de la agitación emocional. A pesar de su deseo de dejar atrás el encuentro, la mente de Elena permanece llena de dudas y preguntas: el enigmático carácter de las palabras de Morandi, la dificultad de distinguir entre la lucidez y el delirio, la sutil línea entre el rol de médico y el de paciente.
En un intento por recuperarse, Elena da un paseo entre Sarnico y Predore, encantada por la discreta belleza de las villas Art Nouveau y la calma del lago. La noche continúa con una cena de mariscos en Paratico, donde busca consuelo en la normalidad de los sabores y la rutina. Sin embargo, ni siquiera los pequeños placeres cotidianos logran distraerla por completo de la ansiedad que siente crecer en su interior. La noche termina con Elena, reflejada en un espejo de la biblioteca del hotel, aún profundamente perturbada por el poder hipnótico de Morandi y consciente de que su investigación apenas comienza.
Entre las sombras del hospital y los reflejos del lago: la larga noche de Elena tras su primer encuentro con el Dr. Morandi
Historias. Los misterios de Oltrecolle. Capítulo 8: El segundo día en Sarnico.
Elena cruzó el umbral reforzado del pabellón psiquiátrico con el corazón apesadumbrado, oyendo el clic metálico de la puerta al cerrarse tras ella. Se detuvo un momento en el silencioso vestíbulo, intentando regular su respiración. Afuera, la luz de la tarde se había vuelto más intensa y nítida, casi ajena a la atmósfera suspendida de la sala de interrogatorios. Salió del hospital Faccanoni sintiendo el peso de lo que acababa de vivir, como si cada paso que la separaba del hotel se diera en una dimensión diferente, donde el mundo normal parecía borroso y los colores menos definidos.
Mientras caminaba por la avenida arbolada que bordeaba las instalaciones, intentaba ordenar los pensamientos que la atormentaban constantemente: las palabras de Morandi —pocas, cortantes y llenas de ambigüedad— se mezclaban con la inquietud que la sesión le había dejado. Aún oía la voz del médico resonando en sus oídos, a veces suave, a veces apremiante, pero siempre difícil de descifrar. Las preguntas que había preparado se desmoronaron una tras otra ante la imprevisibilidad de aquel encuentro: Morandi no había sido ni paciente ni psiquiatra, sino algo completamente distinto, algo que había alterado roles y expectativas.
El viaje al Hotel Montisola serpenteaba por el paseo del lago, donde la vida parecía continuar tranquila: el parloteo silencioso de los transeúntes, el viento que susurraba entre las glicinas, el brillante reflejo de los barcos en el agua. Elena caminaba como en trance, con paso rápido pero inseguro, sintiendo la necesidad de distanciarse de la sala, como si solo el movimiento pudiera disipar la tensión acumulada. De vez en cuando, una imagen asomaba a su mente: la mirada hipnótica de Morandi, la parálisis repentina, esas preguntas que la habían dejado vulnerable, dividida entre la culpa y la consciencia....
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