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LOS MISTERIOS DE OLTRECOLLE. CAPÍTULO 18: EL PACTO OSCURO DEL PROFESOR VALENTI

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Resumen

En el gélido corazón del Palazzo Cotto, Elena se enfrenta a un pasillo que parece suspendido entre dos mundos, donde el silencio se transforma en un eco amenazador. Dos hombres anónimos la bloquean con una amabilidad que no admite rechazo, marcando el comienzo de una prueba inesperada. Cada gesto, cada palabra, se convierte en parte de un procedimiento opresivo, un mecanismo diseñado para despojarla no solo de sus pertenencias, sino también de su propia identidad.

Conducida a una habitación estéril, se encuentra con reglas implacables que la sacuden, obligándola a afrontar el peso de la desconfianza y el control. El nombre del profesor Valenti pesa en su mente, y cuando finalmente cruza el umbral de su despacho, lo que le espera supera su imaginación más descabellada.

El encuentro se convierte en un duelo silencioso, una confrontación donde las miradas hablan más que las palabras y la línea entre víctima y cómplice se difumina hasta desaparecer. Elena se encuentra rodeada de figuras inquietantes, presencias que parecen conocerla mejor que ella misma, y cada palabra pronunciada conlleva el peso de una condena.

El palacio se revela como un laberinto de secretos, un lugar donde las reglas cambian sin previo aviso y donde el poder se manifiesta con la fría cara de la disciplina absoluta. Al final, Elena está sola con sus miedos, pero también con la certeza de que nada volverá a ser igual. Se ha abierto un nuevo capítulo, y a partir de ese momento, cada decisión podría llevarla a la libertad o a un encarcelamiento aún más profundo.

En el Palazzo Cotto, Elena descubre las despiadadas reglas del sistema: colaboradores y rebeldes, avatares y engaños. Una decisión imposible la lleva más allá del punto de no retorno


Historias. Los misterios de Oltrecolle. Capítulo 18: El pacto oscuro del profesor Valenti.

Elena avanzaba por el pasillo del Palazzo Cotto con el paso inseguro de quien sabe que se adentra en territorio desconocido y, quizás, hostil. El mármol bajo sus pies estaba frío, el aire limpio y denso, con un silencio inquietante. Cada sonido —un portazo lejano, una tos, la risa apagada de alguien tras una pared— se amplificaba y resultaba extraño, como si viniera de un mundo paralelo. Al llegar al despacho del profesor Valenti, dos hombres la interceptaron, casi materializándose entre las sombras de las columnas.

Vestían ropa de civil, pero bien entallada, con las corbatas ligeramente sueltas y placas de identificación cruzadas en el pecho. Sus rostros eran anónimos y severos, sus miradas directas, sin rastro de sonrisa. Se detuvieron a un metro de ella, bloqueándole el paso. "¿Dr. Fermi?", preguntó el más bajo, con un tono cordial pero sin calidez. Elena asintió, sintiendo al instante la tensión subirle por las sienes. "Por favor, tome asiento en ese banco", continuó el otro, señalando un asiento fresco bajo una ventana de cristal.

"Tendrá que esperar a un colega antes de que podamos continuar". Su cortesía no admitía discusión: era una amabilidad implacable, la estudiada eficiencia de quienes realizan procedimientos sin hacer preguntas. Elena se sentó, con el bolso firmemente aferrado a las rodillas, la mirada alerta.

Los dos hombres estaban cerca, con las manos a la espalda, murmurando palabras que no entendía. Durante esa breve espera, sus pensamientos se arremolinaban en su mente: ¿la estaban sujetando? ¿Necesitaban vigilar sus movimientos? O peor aún, ¿la consideraban una amenaza potencial? Intentó sostener sus miradas, pero ambos evitaron el contacto visual. De repente se sintió sola, vulnerable. La sensación de haberse convertido, en un instante, en sospechosa en lugar de en colega era aguda, punzante. El instinto la impulsaba a protestar, a exigir explicaciones; la razón le decía que esperara y observara. No tuvo que esperar mucho. Del final del pasillo apareció una mujer de unos cincuenta años, con el pelo canoso recogido en un moño bajo, el rostro cuadrado marcado por profundas arrugas en las sienes y alrededor de la boca. Vestía un uniforme gris con la placa de "Oficial de Distrito" prendida en el pecho.....

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