En el capítulo 17, la tensión emocional de Elena alcanza un nuevo nivel, suspendida entre el miedo y la determinación. Tras presenciar escenas que desafían su percepción de la realidad, la protagonista se enfrenta a señales perturbadoras que transforman la normalidad del pueblo en un escenario de reglas invisibles y miradas silenciosas.
Un encuentro con un rostro del pasado reabre heridas abiertas, levantando la sospecha de que este mundo "paralelo" también alberga los fantasmas de sus experiencias profesionales. A cada paso, Elena se siente observada, grabada, atrapada en una red de control que no deja espacio a la improvisación. Incluso sus relaciones con los lugareños cambian repentinamente, revelando un orden oculto que se cierne sobre todo.
El descubrimiento de un detalle aparentemente trivial pero esencial se convierte en su único salvavidas, un frágil puente hacia la realidad de la que proviene. Pero a medida que se acerca el día de su encuentro con el profesor Valenti, la línea entre el coraje y la paranoia se difumina cada vez más. La sombra del Palazzo Cotto, monumental e impenetrable, se cierne ante ella, a la vez promesa y amenaza, insinuando que las respuestas tan esperadas podrían costarle más de lo que imagina.
Entre el recuerdo de Mauro, el inquietante descubrimiento de los espejos y la espera del encuentro con Valenti, Elena se enfrenta a la delgada línea entre la salvación y el encarcelamiento
Historias . Los misterios de Oltrecolle. Capítulo 17: El rostro del pasado y la sombra del Palacio Cotto.
Elena permaneció aturdida durante largos minutos en la colina, incapaz de moverse. Su respiración se volvió superficial, como si la visión de la procesión y la repentina violencia la hubieran sumido en una espiral de miedo e impotencia. Había visto lo suficiente para comprender que el «mundo paralelo» no era solo una construcción mental ni un escape consolador, sino un lugar donde el orden se fusionaba con rituales de control y sumisión. Solo cuando el viento empezó a azotarle los brazos y el sol empezó a ocultarse tras las montañas, Elena encontró la fuerza para partir de nuevo.
Bajó la colina sin mirar más los campos ni los cobertizos, temiendo que un solo detalle más pudiera romper el frágil equilibrio que le quedaba. Regresar al pueblo fue como salir de una pesadilla: la vida parecía fluir con normalidad, la multitud en las calles era densa, las voces resonaban sin amenaza, el olor a pan recién horneado se mezclaba con el dulce aroma de las pastelerías.
Llegó a la tienda de bicicletas al final de la tarde, con su bicicleta eléctrica sucia de polvo y hojas, y los pantalones manchados por la humedad del suelo. El hombre la esperaba en la puerta, con las manos embarradas, ocupado reparando una cámara.
—Buenas noches, ¿disfrutaste el paseo? —preguntó, mirando rápidamente la bicicleta, pero sin la cálida sonrisa que tenía por la mañana.
Elena asintió, incapaz de mostrar entusiasmo. «Sí... la bici está perfecta. Gracias de nuevo».
La ciclista tomó su bicicleta sin decir nada más, pero cuando Elena se dio la vuelta para irse, su voz la detuvo. Ya no era cálida ni amigable, sino aguda y autoritaria, como una advertencia que no admitía réplica...
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