En el oscuro corazón del bosque de Longumbrella, el pueblo de Whitestone se ve sacudido por misteriosas desapariciones. El hermano Elara, un monje sabio y valiente, se adentra en el bosque lleno de leyendas para descubrir la verdad escondida entre los árboles antiguos. Siguiendo pistas inquietantes y escuchando susurros de antiguas maldiciones, se topará con una oscura presencia que amenaza la paz del pueblo. ¿Podrá el hermano Elara desentrañar el misterio y devolver la paz a Whitestone sin caer presa de las sombras del bosque? Un cuento medieval apasionante y lleno de suspenso.
Thriller medieval, desapariciones inexplicables, oscuros secretos del Hermano Elara el investigador
de Marco Arezio
El viento gélido azotaba los árboles retorcidos del Bosque de Sombralarga, gimiendo como un alma perdida. El Hermano Elara, con su barba espesa y ojos que habían visto más inviernos de los que un hombre común podía imaginar, se adentraba en el oscuro corazón del bosque. Su áspera túnica apenas lo protegía del frío punzante, pero su fe y la pesada Biblia encuadernada en cuero que apretaba entre sus manos eran su verdadero baluarte.
Durante días, la aldea de Pietra Bianca había sido atormentada por extrañas desapariciones. Jóvenes pastores y robustos leñadores se desvanecían en la nada, sin dejar rastro alguno más que un silencio denso de miedo. Las voces susurraban antiguas maldiciones, espíritus inquietos vagando entre los árboles seculares, una criatura legendaria que se alimentaba de almas. El Prior había implorado al Hermano Elara, conocido por su sabiduría y coraje, que se adentrara en el bosque y descubriera la verdad.
El suelo bajo sus sandalias era una alfombra de hojas húmedas y resbaladizas. El aire estaba saturado del olor acre de la tierra mojada y el musgo. Cada sombra parecía ocultar un secreto, cada susurro de hojas un presagio. El Hermano Elara avanzaba con paso firme, su mente una fortaleza de oraciones y antiguos salmos. No temía a la muerte, sino que temía a lo desconocido, a las fuerzas oscuras que podían corromper el alma de los hombres.
Llegó a un claro silencioso, donde un círculo de piedras musgosas parecía un altar olvidado. En el centro, una única huella en el barro atrajo su mirada. No era la huella de un hombre ni de un animal conocido. Era grande, deforme, con profundas garras que habían surcado la tierra. Un escalofrío recorrió su espalda, un presagio de algo antiguo y terrible.
Siguió las huellas, que se adentraban cada vez más en la espesura del bosque. El sol era ya un recuerdo lejano, y la tenue luz apenas se filtraba entre las ramas entrelazadas. El silencio solo era roto por su respiración agitada y el latido de su corazón.
De repente, oyó un lamento ahogado. Se abrió paso entre los arbustos espinosos y se encontró en un pequeño valle escondido. Allí, atado a un árbol retorcido, yacía un joven pastor, pálido y tembloroso. Sus ojos estaban muy abiertos por el terror, fijos en algo que el Hermano Elara aún no podía ver.
Entonces, la vio.
Era una figura alta y esquelética, envuelta en harapos oscuros que se fundían con las sombras.
Sus ojos brillaban con una luz siniestra, y largos dedos huesudos terminaban en afiladas garras. Un hedor a descomposición flotaba a su alrededor. No era un espíritu, ni una bestia común. Era algo más antiguo, algo más malvado.La criatura emitió un silbido escalofriante y se movió hacia el pastor. El Hermano Elara no dudó. Levantó su Biblia como un escudo y comenzó a recitar antiguas oraciones con voz firme. Las palabras sagradas parecieron golpear a la criatura como latigazos invisibles. Ella retrocedió, su luz en los ojos vaciló.
Siguió una lucha silenciosa y desesperada. El Hermano Elara, armado solo con su fe y las palabras de la Escritura, se enfrentó al horror que aterrorizaba a su pueblo. La Biblia chocó contra las afiladas garras, las oraciones resonaron contra el silbido maligno. La criatura parecía debilitarse con cada versículo recitado, su sombra se hacía menos densa.
Finalmente, con un grito desgarrador, la figura se disolvió en una nube de humo negro, dejando tras de sí solo un olor acre y al joven pastor, tembloroso pero ileso.
El Hermano Elara lo desató y lo condujo fuera del bosque. Regresaron a Pietra Bianca bajo un cielo que comenzaba a teñirse de los colores del amanecer. La aldea recibió al pastor con alegría y alivio. El miedo que los había atenazado durante días se disolvió como la niebla al sol.
El Hermano Elara no habló mucho de la criatura a la que se había enfrentado. Sabía que algunas oscuridades era mejor dejarlas en la sombra. Pero en su mirada cansada brillaba la luz de la victoria, la conciencia de haber enfrentado al mal y haberlo rechazado con la fuerza de la fe. El Bosque de Sombralarga conservaría su misterio, pero por un tiempo, al menos, dormiría en paz.
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